He sufrido en mis propias carnes lo que es un ataque de ansiedad. La primera vez fue cuando tenía 19 años. Se repitieron esporádicamente hasta los 24 años, momento en el que alcanzaron una frecuencia e intensidad insoportables. No tuve más remedio que solucionar algunas cuestiones de mi vida y comenzar un tratamiento.

Mi primer ataque de ansiedad

A la edad de los 24 años, se produjo mi primer ataque de ansiedad serio. Vivía desde hacía varios meses en una ciudad diferente a la mía. Me encontraba en la oficina. Estaba trabajando, sentado, delante del ordenador. De repente, sin esperarlo, comencé a sentirme mareado y a respirar con dificultad. Me levanté de la silla y tomé mayor consciencia de mi propio mareo. Sentí una especie de presión en la cabeza y noté como el corazón palpitaba mucho más rápido.

Le comenté a un compañero que me acompañara a la calle; mientras bajábamos las escaleras el miedo se apoderó de mí y sentí la necesidad de tumbarme, llorar, gritar… Otras personas se dieron cuenta y me llevaron a la enfermería (era una empresa grande, bastante conocida, que disponía de enfermera y puesto de primeros auxilios en sus instalaciones).

La enfermera me tumbó sobre la camilla´y me tomó la tensión. Cuando quise darme cuenta, la crisis había finalizado (no creo que durase más de diez minutos). Sin embargo, antes de marcharme, me dijo que tenía la tensión muy alta y que sería recomendable que me viese mi médico (¡¡¡málditas palabras!!!). Fue la gota que colmó el vaso: desde ese momento me asusté exageradamente y comenzó un calvario para mí.

El monstruo de los ataques de ansiedad se hace grande

El hecho de que la enfermera me advirtiese de la necesidad de ir al médico porque mi tensión se había puesto por las nubes (algo normal y puntual mientras dura el ataque, pero que yo desconocía en ese momento) me generó un estado de alerta y angustia permanente. Se apoderó de mí la idea de que lo que me había pasado estaba relacionado con algún tipo de enfermedad del corazón que nadie me había detectado hasta la fecha y, por tanto, corría un serio peligro.

Le hice caso y visité al médico. Este me dijo que tenía un poco de estrés y me recetó un ansiolítico durante 30 días. No me creí del todo lo que el médico me dijo.

Sin embargo, a pesar de las pastillas, los ataques seguían repitiéndose. Yo seguía convencido de que estaba enfermo del corazón. Comencé a comprar libros de autoayuda, a leer… Sin embargo, visitaba los servicios de urgencias cada dos por tres porque durante algunas crisis pensaba que iba a morir.

El hecho de conocer cómo funcionaban los ataques me ayudó. A veces se presentaban y, a pesar de hacerme sufrir mucho, tenía la capacidad de respirar profundamente, controlar el miedo y dejar que todo pasara. Sin embargo, no se terminaban. Se repetían cada semana; o cada dos semanas; o durante varios días…

Al final, terminé desarrollando agorafobia. Tenía miedo de salir de casa porque pensaba que en cualquier momento me desmayaría y nadie sería capaz de llegar a la calle a socorrerme. Me quedaba los fines de semana encerrado en casa, pendiente de que el teléfono funcionara por si tenía que pedir ayuda. Estaba muy deprimido porque no salía ni veía a mis amigos. Me avergonzaba hablar con la gente de lo que me pasaba.

Recuerdo que los únicos momentos en los que sentía algo de esperanza, eran aquellos en los que pensaba en abandonar aquella ciudad en la que no era feliz y volver al lugar donde crecí. Cada vez tenía claro que, además del miedo que la propia ansiedad me generaba, era víctima del miedo de quedarme siempre donde estaba; de no poder escapar de allí.

Un lunes no tuve fuerzas para ir a trabajar. Pensaba que si no moría de un infarto, moriría de miedo. Así que dejé el trabajo y me fui de aquella ciudad. Volví a la casa de mis padres.

El principio del fin de los ataques de ansiedad

Una vez abandonada la ciudad, recobré un poco de esperanza. Visité a mi médico de familia. Fue la primera persona que me dijo, literalmente:

Tranquilo, te juro que no te vas a morir de un infarto. Te lo firmo donde quieras.

Para mí fue como si me quitaran un enorme peso de encima. Era como si alguien me hubiera convencido de que no estaba enfermo del corazón y que no podía morir de miedo (de un infarto).

El médico me prescribió un tratamiento de ansiolíticos y antidepresivos. El tratamiento, así como el hecho de eliminar de mi vida la circunstancia estresante (el trabajo en otra ciudad) favorecieron que los ataques de ansiedad fueran reduciendo su frecuencia.

Finalmente, después de 9 meses de tratamiento, pude dar por resuelto el problema.

¿Qué aprendí de los ataques de ansiedad?

En mi caso, aprendí que es fundamental ser consciente de las cosas que no funcionan bien en tu vida; pero también que es igualmente importante estar preparado para las circunstancias y tomar medidas para adaptarse. No supe adaptarme y para mí, eso fue un fracaso personal. Afortunadamente tenía donde regresar porque en ese momento vivía solo y nadie dependía de mí.
Si la situación se repitiera hoy, probablemente tendría que buscar otra solución: no podría abandonar el lugar donde residía.
Desde el punto de vista fisiológico, también aprendí que uno no se muere por culpa de un ataque de ansiedad. Es muy importante estar bien informado.
También os recomiendo que si padecéis este problema, lo comuniquéis lo antes posible a vuestros amigos o familiares más allegados: seguro que pueden escucharos, apoyaros y ayudaros más de lo que pensáis.
El tratamiento médico también resultó fundamental para superar los ataques de ansiedad. El tratamiento con fármacos me ayudó a coger confianza hasta que pude valerme por mí mismo para vivir.

5 pensiamientos en “Mi experiencia con los ataques de ansiedad

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